miércoles, 22 de septiembre de 2010

Maximilano Babcocke


Supongo que ya no volverá. Se fue hace más de una semana y digamos que ya no lo espero. No me convenció el amor, no me convenció la necesidad de un compañero. Creo que él se dio cuenta antes de que siquiera pensara en decírselo. Ya no me quedan esperanzas, aunque presiento que comenzaré a extrañarlo. Ya no son frecuentes las tardes en el café de la esquina, no son frecuentes sus manías. Creo que él es irreal. No me gusta lamentar, pero esta vez la espina atravesó mi orgullo. Pero no voy a llamarlo, ya sé que me dirá: dirá que estoy loca, que es una broma, que luego seré yo la que desaparezca. ¡Max no entiende! ...Yo sólo quiero respirar.

En fin, si hay que encontrar culpables en esta historia, la única soy yo. Fui yo quien lo buscó, la que se las arreglaba día tras día buscando una excusa para hablarle, para acercarme a él poco a poco hasta conseguir que todos sus días fuesen míos. Mi abuelo siempre le dijo a mis padres que era una niña caprichosa y malcriada. Hasta ahora no quería creerlo, pero parece ser cierto, pues de pronto me aburrí, él ya no era para mí, su presencia me molestaba, no quería compartir mis noches, así que decidí sacarlo de mis días. En otras palabras, más frívolas quizás, ya había satisfecho mi capricho, y ahora, ahora no lo necesitaba, o al menos eso pensé.

Fue un soleado día de octubre cuando le dije adiós. Esa escena da vueltas una y otra vez por mi cabeza, como una triste película que aunque intente, no puedo borrar. Debe ser porque a veces me arrepiento…

Salimos a caminar como cada tarde de sábado por el parque antes de ir al café, el día era hermoso, la primavera se sentía en la ciudad; árboles floridos, adolescentes enamorados, sonrisas por montón, mas ya no podía seguir mintiéndole, mintiéndome, su mano sobre la mía, y ese silencio de más de 30 minutos, me hacían sentir cada segundo más culpable. Es que Max era tan especial. Ya no podía seguir así, busqué las palabras (que hasta ahora creo que no fueron las mejores), abandoné la tibieza de sus manos y rompí el silencio:

- Max, te quiero demasiado – Le di un cálido abrazo, como hace mucho no lo hacía. Fue lo único que logré decir, más bien usé las palabras como mero pretexto para esconder el silencio.

- Yo también preciosa, no te imaginas cuánto. – cada una de sus palabras complicaban mucho más lo que quería decirle.

- No Max, tú no puedes quererme, no debes, ya no.

Max notó que algo andaba mal, sin embargo no quería admitirlo:

- Pero qué cosas dices, ¿vamos por un café?- dijo con risa nerviosa.

- Esto es en serio Max – y me sinceré como ni siquiera yo pensé hacerlo – sucede que ya no quiero estar contigo, no es que ya no sea como antes, al contrario, te esfuerzas por hacer de cada día algo especial. Es extraño, un día me encantas, pero al siguiente ya no quiero tenerte cerca, me gustaría tener las cosas tan claras como las tienes tú, pero no soy así, y extraño mi vida sin ti, eso es lo que pasa.

- No quería pensar que era cierto – siempre supe que él ya lo sabía todo – está bien, si es eso lo que piensas, supongo que no es mucho lo que puedo hacer. Es todo mi culpa, siempre me dijiste que no querías nada serio y yo, me enamoré, qué imbécil no!?

- No digas eso, simplemente no funcionó.

- Ahora lo mismo da. Adiós entonces, adiós para siempre y disfruta esa vida que tanto extrañas.

Fin de la primaveral tarde. Max se fue muy enojado, triste, o quizás con qué pensamientos, yo me quedé sentada en el parque, aliviada, pero un poco triste, yo lo quería y un adiós para siempre no era lo que estaba en mis planes precisamente. Quizás eso fue lo que más me dolió.

Ayer soñé con sus manos. Él no aparecía, su rostro no se veía, pero yo sentía que eran sus manos las que me tocaban. ¿cómo un hombre puede en sueños hacer sentir única a una mujer?¿Cómo pude yo dejar pasar a Max, si nunca encontré a nadie como él? Y es que acá hay algo más que no me permite ver, y es este estúpido prejuicio acerca de la edad, la juventud y aquellas cosas que uno debería disfrutar, sucede que soy joven, y bueno, Max tiene unos cuantos años más. No me siento triste ahora, pero no quiere decir que mañana no lo esté. Quizás me da miedo encarar una relación seria, aunque estoy segura que no soy la única, ni soy la primera, ni seré la última mujer que lo piense. Los hombres de esta época, son abominables, frívolos, autoritarios, desinteresados. Max es todo lo contrario; una tarde con él puede hacerte olvidar el peor de tus días, una caricia suya en tu pelo puede hacerte sentir la mujer más amada. Pero las mujeres de hoy son desinteresadas también. Si no, mírenme, soy una porquería, sólo trato de disfrutar y no me importa usar, ni si alguien la pasa mal por mi culpa, o si gracias a mi alguien llora. No me molesta la idea de no salvar vidas, o de ser indiferente a sus maldiciones. Yo merezco más de un insulto, por ser tan egoísta creo que merezco la soledad eterna. O peor aún, un compañero que me haga sufrir como yo lo hecho muchas veces.

No puedo dejar de aclarar que soy una mujer difícil, que mis besos no son baratos, pero Max, es Max. No hizo falta comprarme, yo me regalé sola. Lo vi salir de ese bar con unas extrañas ropas, pero muy hermosas. Desde ese día en que le pregunté el nombre, nunca más me podré olvidar de él. Maximiliano Babcocke.

Y allá a lo lejos se va, se fue, el mejor, el fracaso de un amor, el que yo por idiota o por no abrir la boca, dejé pasar, el que seguramente recordaré, como hoy, muchas tardes de sábado.